El uso del concepto de la discapacidad nace como consecuencia de alguna deficiencia, patología o enfermedad, un trastorno o lesión, o en la consideración del altismo o enanismo, obesismo, envejecimiento o determinadas anomalías congénitas que ocasionan limitaciones en las personas sujeto de la misma en la realización de tareas o actividades que el resto puedan acometer sin dificultad.
Cada persona con discapacidad es un mundo diferente, y las limitaciones que se aprecian están sujetas a la percepción social existente, y se demuestra que el grado de discapacidad depende en gran medida del tipo de actividad a realizar y la misma es la que crea la dificultad para poderse integrar socialmente. Hay ejemplos en los que se demuestra la limitación, sea el caso de una persona alta: En gran medida todo el entorno de entradas a edificios están preparados para una persona de altura media, al igual que las camas. En otros casos la peculiaridad se da en las dificultades de movilidad o manejabilidad en actividades de la vida diaria, como vestirse o desvertirse, escribir o manejar el ordenador o incluso en la comunicación para aquellas personas que quieran información en un país extranjero y no dominen el idioma en un funcionamiento normal. Hay otro tipo de limitaciones achacables al momento de aparición de la discapacidad, pues a determinadas edades hay algunas que puedan tener mas importancia que otras, por ejemplo en las de movilidad en el paseo, en el desempeño de una vida profesional, donde la formación y el nivel cultural o social afectan con diferentes matices y posibilidades en el campo de la integración social.
En definitiva, la discapacidad es una cuestión relativa en muchos sentidos. En realidad no es un hecho inherente a la propia persona, pues existen factores condicionantes de tipo social y del entorno en donde se mueva. La percepción auditiva, visual, o la capacidad intelectual, son cualidades o propiedades del ser humano, lo mismo que la merma o pérdida de dichas cualidades también lo son, pero su influencia en la realización de una tarea o acción y, en términos generales, sus consecuencias de cara a la participación en los distintos ámbitos de la vida, rebasan el nivel personal y tienen un claro contenido social.
El problema de la discapacidad es un problema social que se deberá acometer mediante políticas sociales que hagan de facto la igualdad de participación y de oportunidades en la realidad de la vida diaria. Pero esta situación requiere de cambios sociales y actitudes, en el que es básico conocer nuestras necesidades en procesos igualitarios y de derechos humanos, es decir, eliminando las barreras mentales existentes y atendiendo a la diversidad en el repeto a la persona.
Es preciso insistir en las medidas que exigen la prevención y la atención de los problemas que afectan a las personas con discapacidad facilitando de manera directa su integración social, sirviendo además para mejorar la calidad de vida de los ciudadanos en general. La integración escolar de los niños y niñas que tienen algún problema en sus funciones mentales o sensoriales exige una relación óptima de alumnos por docente y, sobre todo, una atención individualizada y la permanente puesta al día en técnicas pedagógicas, lo que es muy interesante también para los escolares que tienen plena capacidad intelectual. La integración social de las personas con restricciones en su movilidad requiere la adopción de medidas de adaptación en el ámbito de la arquitectura, el urbanismo y el transporte que, además de beneficiar a las personas con discapacidad, facilitan la vida del conjunto de los ciudadanos.
Así pues, la adaptación de una sociedad a las necesidades de las personas con discapacidad es algo deseable en sí mismo en tanto que les facilita la vida, pero el hecho de que en una sociedad las personas con discapacidad estudien, trabajen y se diviertan integradas en la comunidad constituye también un signo, un indicador de civismo, de solidaridad y de calidad de vida.
Sólo cuando realmente asumamos que las personas con discapacidad son ciudadanos y ciudadanas como los demás, con los mismos derechos y responsabilidades, habremos dado el giro definitivo hacia su integración efectiva. Todo reposa en la capacidad y en la voluntad que demostremos para cambiar de actitud, para aceptar la diversidad y, en consecuencia, para rechazar posicionamientos, medidas o políticas que, directa o indirectamente, supongan una discriminación negativa, una exclusión de las personas con discapacidad. Pero ese cambio de actitud no es sencillo y requiere tiempo. Es cierto que a lo largo de los últimos veinte años hemos avanzado considerablemente en esa dirección y que hoy la igualdad de derechos es una idea en gran medida aceptada y compartida por la sociedad. A la hora de la verdad, sin embargo, las personas con discapacidad que requieren algún tipo de apoyo para ejercer sus derechos no tienen las mismas oportunidades que el resto de la población.
Es el momento de llevar los derechos a los hechos, de ser consecuentes con nuestras ideas. La única forma de hacerlo es ser conscientes de que el respeto, la protección y la defensa de los derechos de las personas con discapacidad constituyen su garantía máxima. Debemos entender que la protección de los grupos más vulnerables, independientemente de cuáles sean las causas de esa situación de mayor vulnerabilidad -la edad, la deficiencia, la enfermedad, la carencia de recursosdan la medida de la capacidad que tiene una sociedad para responder a las necesidades de todos y, por lo tanto, constituye el mejor indicador de su grado de civilización y progreso social.
Una sociedad es accesible cuando quienes viven en ella tienen la posibilidad real de participar, de vivir a su manera, de relacionarse y de acceder a los servicios, todo ello en condiciones de igualdad con el resto de la ciudadanía. Una sociedad accesible no discrima a las personas por ninguna razón -ni por motivos económicos, ni por motivos sociales, ni por motivos personales-, y asume la diversidad de todos los ciudadanos que la integran y respeta y hace respetar sus diferencias.
La construcción de una sociedad de estas características implica varios cambios fundamentales con respecto a las personas con discapacidad:
Por un lado, es imprescindible abandonar la idea de que la normalización consiste en incorporar a estas personas a estructuras y procedimientos concebidos sin tener en cuenta sus necesidades y entender que, por el contrario, consiste en integrarlas en nuestros entornos de vida habituales adaptando estos entornos a las necesidades de todos.
Aceptar la diferencia de un niño con discapacidad en la escuela no significa “admitirlo” en la escolarización ordinaria, significa adaptar esta última a sus necesidades y considerar que esa especificidad también forma parte de la escuela ordinaria.
Todos procuramos construir un mundo de actividades y de relaciones ajustado a un ritmo que nos es propio. Pero esto no siempre es fácil: ni nuestro entorno social, ni el mercado laboral, ni las estructuras educativas tienen todavía la flexibilidad necesaria para garantizar el respeto de los distintos ritmos vitales.
Por último, es necesario adoptar en los ámbitos del urbanismo, la arquitectura y el diseño de equipamientos, mobiliario, utensilios y objetos, la filosofía del “Diseño Universal”, también conocido bajo el nombre de “Diseño para Todos”.
Se trata de que todas las cosas puedan ser utilizadas por todo el mundo y de que, por lo tanto, en su diseño se tengan en cuenta las distintas necesidades. No consiste en hacer adaptaciones para las personas con discapacidad, sino en producir las cosas desde el principio con unas características que se ajusten no sólo a las necesidades de estas últimas, sino también a las de los niños, los mayores, las mujeres embarazadas y cualquier persona que, de forma transitoria o permanente, vea disminuida su capacidad.
Conseguir que estas directrices de actuación se conviertan en una realidad y redunden en beneficio de las personas con discapacidad y del conjunto de la población exige el compromiso de todos.
Aunque en estos últimos años, la discapacidad ha cobrado vida dentro de una sociedad cambiante como la nuestra, y lo ha hecho con verdaderos signos de inclusión social en el respeto a la diferencia, todavía debemos seguir luchando por una realidad que supere los prejuicios que etiquetan o estereotipan y califican con valoraciones sociales de “Minus-Valía” u otras acepciones ciertamente peyorativas, y que en el fondo, en muchos casos de nuestra vida también las sufrimos y tenemos.
Son lentos los pasos que se dan, pero nuestra ansia por superar determinadas actitudes, valores y hábitos deben tener su punto de encuentro en el ser personas: todos iguales pero diferentes. No debemos discriminar independientemente de nuestra discapacidad, condición social, sexo, etnia…, debemos optar por dignificar lo que nos une y no acentuar en lo que nos diferencia, nunca identificando a una persona por lo que tiene distinto.
El lenguaje es un instrumento de opresión o de liberación y en este caso sirve para perpetuar una etiqueta que margina y excluye a quien la lleva, ¿por qué menos válidos? Desde nuestro punto de vista nadie vale más que nadie, sin embargo este término evidencia el prejuicio social.
El lenguaje es el medio de comunicación que traslada el pensamiento, ideas y sirve para analizar a las personas en el contexto de sus actuaciones y vivencias, y a la propia sociedad identificada donde centramos nuestro hábitat. Esta concepción del lenguaje como fuente de sociabilización e inclusión social no es superficial sino que traslada un cambio de mentalidad, constructos que pueden ser base o medio para generar valores, sentimientos de ciudadanía solidaria e igual, siendo muy enriquecedor nuestro desarrollo como persona y positiva en una sociedad que se crea al son de las personas que la representan.
En un proceso de normalización y de eliminación de barreras mentales todo el mundo debe saber que normalmente a una persona ciega o en silla de ruedas no le molesta que, se le diga, “¡Hasta la vista!” “¿Qué tal andas?”; lo que realmente le molesta es que su discapacidad le convierta en “minusválido”, porque la sociedad se niegue a reconocer su ser persona.
Bajo estas premisas resulta bastante desagradable leer en los titulares de la prensa: “Roban la silla a un minusválido…”, “los minusválidos podrán estudiar gratis en la universidad........”, “un minusválido accede a un ascensor…”, “un tetrapléjico resulta herido…”, ni tampoco ser objeto de comentarios que inspiren lástima y compasión, en muchos casos como medidas de sobreprotección.
Si el lenguaje en su acepción evolutiva, es discriminatorio, nuestros pensamientos cuando pasan al nivel de utilización de transmisión de ideas, se convierten automáticamente en barreras mentales difíciles de romper, que hacen de nuestra vida una realidad no querida.
Cuando utilizamos el lenguaje como medio de transmitir lo que queremos contar bajo un contexto no discriminatorio, aspiramos a crear una sociedad de iguales, pues nuestra expresión debe estar ligada al sentimiento que más nos acerca, de vivir en libertad con autonomía e independencia, aproximándonos de forma progresiva, en pequeñas dosis, con calidad y dignidad, a mejorar o adaptar dicha sociedad a las necesidades de los que viven en la misma.
La realidad muestra un cambio importante en estos momentos hacia la discapacidad, y el lenguaje es una parte muy importante por su uso y utilización, por ser el medio a través del cuál nos comunicamos, creamos una base cultural de relaciones en el respeto a la diversidad, en el contexto social en que queramos movernos, en lo que queremos asumir o diferir, en el respeto de no etiquetar, discriminar o clasificar lo que tenemos de distinto. Debemos construir una realidad adaptada a todos, signo inequívoco de estar al frente de la grandeza de que nuestros esquemas mentales son fuertes y positivos hacia dicha realidad.
Como personas que tenemos una discapacidad, debemos asumirla y renovar nuestro pensamiento de forma positiva, con nuevas formas de hacer y comunicarnos, adaptándonos a las nuevas sociedades cambiantes siempre bajo principios que nos permitan asumir roles de normalización y de ser ciudadanos de primera clase, que no perpetúen sistemas de beneficencia, sino auguren un carácter poderosamente asistencialista.
Debemos cimentar unas bases sólidas donde el respeto a la diversidad sea el eje donde pivote el avance hacia una sociedad más justa, donde los desequilibrios sean mínimos, concienciando y sensibilizando que una sociedad se construye con personas, tengan o no discapacidad , y aún siendo perseverantes quitar el apellido “discapacidad”, porque ante todo somos personas, donde el respeto, la tolerancia, el diálogo, la igualdad de oportunidades y participación, presentación de los derechos “visibles”, la cultura, la formación, el empleo, la libertad de expresión… nos hagan percibir que vivimos en una sociedad igualitaria.