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Lenguaje políticamente correcto

Aunque en estos últimos años, la discapacidad ha cobrado vida dentro de una sociedad cambiante como la nuestra, y lo ha hecho con verdaderos signos de inclusión social en el respeto a la diferencia, todavía debemos seguir luchando por una realidad que supere los prejuicios que etiquetan o estereotipan y califican con valoraciones sociales de “Minus-Valía” u otras acepciones ciertamente peyorativas, y que en el fondo, en muchos casos de nuestra vida también las sufrimos y tenemos.

Son lentos los pasos que se dan, pero nuestra ansia por superar determinadas actitudes, valores y hábitos deben tener su punto de encuentro en el ser personas: todos iguales pero diferentes. No debemos discriminar independientemente de nuestra discapacidad, condición social, sexo, etnia…, debemos optar por dignificar lo que nos une y no acentuar en lo que nos diferencia, nunca identificando a una persona por lo que tiene distinto.

El lenguaje es un instrumento de opresión o de liberación y en este caso sirve para perpetuar una etiqueta que margina y excluye a quien la lleva, ¿por qué menos válidos? Desde nuestro punto de vista nadie vale más que nadie, sin embargo este término evidencia el prejuicio social.

El lenguaje es el medio de comunicación que traslada el pensamiento, ideas y sirve para analizar a las personas en el contexto de sus actuaciones y vivencias, y a la propia sociedad identificada donde centramos nuestro hábitat. Esta concepción del lenguaje como fuente de sociabilización e inclusión social no es superficial sino que traslada un cambio de mentalidad, constructos que pueden ser base o medio para generar valores, sentimientos de ciudadanía solidaria e igual, siendo muy enriquecedor nuestro desarrollo como persona y positiva en una sociedad que se crea al son de las personas que la representan.

En un proceso de normalización y de eliminación de barreras mentales todo el mundo debe saber que normalmente a una persona ciega o en silla de ruedas no le molesta que, se le diga, “¡Hasta la vista!” “¿Qué tal andas?”; lo que realmente le molesta es que su discapacidad le convierta en “minusválido”, porque la sociedad se niegue a reconocer su ser persona.

Bajo estas premisas resulta bastante desagradable leer en los titulares de la prensa: “Roban la silla a un minusválido…”, “los minusválidos podrán estudiar gratis en la universidad........”, “un minusválido accede a un ascensor…”, “un tetrapléjico resulta herido…”, ni tampoco ser objeto de comentarios que inspiren lástima y compasión, en muchos casos como medidas de sobreprotección.

Si el lenguaje en su acepción evolutiva, es discriminatorio, nuestros pensamientos cuando pasan al nivel de utilización de transmisión de ideas, se convierten automáticamente en barreras mentales difíciles de romper, que hacen de nuestra vida una realidad no querida.

Cuando utilizamos el lenguaje como medio de transmitir lo que queremos contar bajo un contexto no discriminatorio, aspiramos a crear una sociedad de iguales, pues nuestra expresión debe estar ligada al sentimiento que más nos acerca, de vivir en libertad con autonomía e independencia, aproximándonos de forma progresiva, en pequeñas dosis, con calidad y dignidad, a mejorar o adaptar dicha sociedad a las necesidades de los que viven en la misma.

La realidad muestra un cambio importante en estos momentos hacia la discapacidad, y el lenguaje es una parte muy importante por su uso y utilización, por ser el medio a través del cuál nos comunicamos, creamos una base cultural de relaciones en el respeto a la diversidad, en el contexto social en que queramos movernos, en lo que queremos asumir o diferir, en el respeto de no etiquetar, discriminar o clasificar lo que tenemos de distinto. Debemos construir una realidad adaptada a todos, signo inequívoco de estar al frente de la grandeza de que nuestros esquemas mentales son fuertes y positivos hacia dicha realidad.

 Como personas que tenemos una discapacidad, debemos asumirla y renovar nuestro pensamiento de forma positiva, con nuevas formas de hacer y comunicarnos, adaptándonos a las nuevas sociedades cambiantes siempre bajo principios que nos permitan asumir roles de normalización y de ser ciudadanos de primera clase, que no perpetúen sistemas de beneficencia, sino auguren un carácter poderosamente asistencialista.

Debemos cimentar unas bases sólidas donde el respeto a la diversidad sea el eje donde pivote el avance hacia una sociedad más justa, donde los desequilibrios sean mínimos, concienciando y sensibilizando que una sociedad se construye con personas, tengan o no discapacidad , y aún siendo perseverantes quitar el apellido “discapacidad”, porque ante todo somos personas, donde el respeto, la tolerancia, el diálogo, la igualdad de oportunidades y participación, presentación de los derechos “visibles”, la cultura, la formación, el empleo, la libertad de expresión… nos hagan percibir que vivimos en una sociedad igualitaria.

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